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    Las historias de otros viajeros

    Escrito por: laviajeraempedernida | 27 de noviembre de 2008

    Desde que empecé con este blog he recibido bastantes correos electrónicos de lectores comentándome, de manera privada, experiencias viajeras vividas, felicitándome por el blog (alguno que otro también criticándome, lo confieso), pidiéndome consejos sobre destinos o explicándome sus puntos de vista y sus problemas personales. Recibir esos correos me gusta, si. Me gusta que la gente se dirija a mi, pero también me da pena que otros lectores se pierdan ciertas anécdotas.

    Ayer, por ejemplo, tras leer mi último post, titulado “la nevera de Carla” (una reflexión sobre el arte de preparar el equipaje) un tal Joan me escribió contándome una anécdota, en mi opinión, muy buena. Esta es: “el año pasado, en un treking por las montañas de Madagascar, inmortalicé como es debido a un tipo que cargaba con una mochililla en la espalda, una bolsa de mano en la derecha y una bolsa de ¡El Corte Inglés!! en la izquierda…. Ese más que una nevera necesitaba una combi. Lo curioso es que siempre llevaba la misma ropa, con lo que la sospecha de que lo que llevaba en el equipaje era un cadáver descuartizado, fue ganando cuerpo (nunca mejor dicho) a medida que transcurrieron los días…”.  ¿Se imaginan al tipo en cuestión?. ¡Por favor Joan: mándanos esa foto!.

    Sí, la historia me ha parecido curiosa, pero también me encanta que se dirija a mi un viajero como Joan, capaz de escaparse a hacer treking a Madagascar. No conozco a mucha gente que haga ese tipo de viajes con frecuencia. Bueno, la verdad es que otra cosa que me ha sorprendido de los mensajes recibidos es que creo que hay más viajeros empedernidos ocultos de los que me imagino.

    Hace una semana recibí otro email que me encantó leer. Me lo enviaba Roberto y me contaba que el también era un apasionado del viaje: “todo mi dinero acaba en viajes, y mi tiempo libre a leer y buscar billetes y destinos. Hace 5 anos me deje mi trabajo y me marche a Inglaterra, aprendí Ingles y mientras tanto visite muchos países de Europa, antes ya había viajado a Asia Y Sudamérica, y después de tres anos ahorrando me fui  solo a dar la vuelta al mundo estuve 7 meses y medio viajando, 3 meses en Asia otros tres en Australia , un mes en N. Zelanda y otro en USA…” Roberto tuvo que interrumpir sus aventuras por motivos familiares pero concluye su correo con una frase que bien podría haber escrito yo misma: “Yo como tú tengo el viaje en mi cabeza, quiero hacer del viajar mi modo de vida, es mi pasión y lo que quiero”. Creo que un viajero empedernido como este se merece un hueco en este post.

    También me ha escrito gente preguntándome cómo hay qué hacer para convertirse en periodista de viajes como yo y mi respuesta es siempre la misma: suena muy bien pero mejor no idealizar nada pues detrás de las apariencias hay mucho trabajo gris, largos años de formación a todos los niveles y en muchos ámbitos del periodismo (¿saben que mi primer trabajo periodístico fue escribiendo sobre fútbol en un diario de Sevilla?) y muchos, muchos sacrificios personales. ¡He recibido hasta currículums!, pero lo siento, en eso si que no puedo ayudar.

    Miriam me confesó también por correo electrónico que no sabía qué hacer con una jirafa gigante que se había comprado en Sudáfrica y que ahora queda horrible en su salón, pero le había costado tanto traerla como equipaje de mano que le daba pena tirarla. Dani me ha confesado que se “cansa” sólo de leer lo ajetreada que es mi vida. Y Susana asegura que me lee, sí, pero que no puede dejar de sentir envidia de la cruel al pensar que mientras ella está en su oficina yo estoy cogiendo estrellas de mar en Panamá.

    Manu me echó un buen cable para solucionar el problema de mis fotos perdidas. (¡Gracias mil desde aquí!, tus consejos me han ayudado mucho). También Carlos me comentó haberse quedado “profundamente impactado” por mi relato sobre la perdida de las fotos y añadió que a él le había pasado lo mismo una vez: “las fotos eran menos importantes que las tuyas pero me sentó fatal, y a los que salían en aquellas fotos me lo reprocharan toda la vida”. Este misma persona me comenta además que tiene mucho miedo volar: “solo vuelo por trabajo, nunca por placer” añade. Una pena. Carlos, un día de estos escribiré sobre los cursos contra el miedo a volar.

    Javier me escribió rogándome ¿por favor! que le consiguiera ¡por favor! un calendario súper sexi de los que ha sacado Ryanair (lo siento, no lo tengo ni yo). Y en Bélgica conocía a una española que casualmente había leído mi blog y cuando descubrió que era yo la autora alucinó (yo también, claro).

    Resumen, llevo ya más de un mes enganchada a este blog y estoy ¡encantada¡. Sólo un último favor. Si tenéis algo interesante que contar no me lo expliquéis a mi sola. Compartidlo con todos los que nos leen. Así, gracias a vosotros, este punto de encuentro será más divertido.


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    La maleta estilo nevera de Carla

    Escrito por: laviajeraempedernida | 26 de noviembre de 2008

    Tengo una amiga que se va de viaje este viernes. No es una escapada de placer, se va a Madrid a operarse de un problema en la espalda.

    Ya, no es algo agradable, pero a todos los efectos los trámites son parecidos a los de otra amiga que, casualmente, ese mismo día se marcha a Milán a pasar un fin de semana romántico (es decir, con su maridito y sin sus tres niños). Quizás ambas coincidan en el mismo vuelo, no lo sé, pero ese mismo día las dos van a subirse a un avión. Y las dos tienen que dejar una casa organizada para que el caos no asome durante su ausencia. Y tienen que ponerse entre hoy y mañana hacer maletas.

    Si, de eso es justo de lo que quiero hablarles, del proceso que supone hacer una maleta.

    Hay quien empieza una semana antes a prepararla (conozco varios casos). Hay otros (y aquí me incluyo) que la hacemos apuradísimos, media hora antes de salir para el aeropuerto. Hay gente capaz de pensar bien y guardar en la maleta sólo lo indispensable. Y otros (otra vez yo) un poco absurdos amigos de llevarse MEDIA CASA encima.

    Sí, lo confieso. Soy un desastre haciendo mis maletas.

    Cuando viajo en grupo suelo ser, además, el hazmerreír de todos por el desmesurado volumen de mi equipaje. Y es que ¡MO SE CONTROLARME!. Y siempre me pasa lo mismo. Llevo ropa de invierno por si hace frío, ropa de verano por si hace calor, chubasqueros y paraguas por si llueve, taconazos por si tengo alguna cena formal, ropa deportiva por si tengo tiempo para ir a correr o por si tengo tiempo de ir al gimnasio del hotel, pijamas, ropa interior suficiente para sobrevivir, limpita, dos meses. Un neceser enorme lleno de medicamentos, cosméticos… ¡las planchas del pelo GHD , fundamentales! (una es coqueta hasta en el fin del  mundo), dos o tres libros, cuanto más gordos mejor, para entretenerme en las aburridas noches de hotel. Pijamas, sobres de detergente por si tengo que lavar algo, cargadores de teléfonos, adaptadores de enchufes y cables miles, libretas…. Resumen, mi maleta es igual que un ARMARIO.

    Lo mejor de todo es que luego no utilizo ni la mitad de lo que llevo. Al final, entre la pereza y la falta de tiempo me pongo casi todos los días la misma ropa. Y no me plancho el pelo ni una vez. Y lo que es peor, ¡siempre me olvido algo!. El cepillo del pelo y el de dientes son ya clásicas compras que tengo que hacer, obligadas, en todas las ciudades por las que paso. Tengo una colección en mi baño de peines digna de un museo.

    A todo esto hay que sumar la mochila con la cámara, el ordenador, el bolso con la documentación, el dinero, un neceser básico, cuatro periódicos y otros dos libros que llevo siempre como equipaje de mano. Parezco un perchero móvil.

    A la ida todo encaja, más o menos. El problema gordo surge a la vuelta, cuando la ropa ya está sucia y arrugada. Cuando no hay tiempo para doblarlo todo con cuidado. Cuando a todo lo mencionado hay que sumar los folletos (si ven con cuantos papelazos y CDs traigo de mis viajes ¡alucinarían!, kilos extras de peso) y como no, las compras. Las dichosas compras: regalos para las niñas, para mi marido, caprichos personales, souvenirs absurdos: resumen, siempre vuelvo con exceso de equipaje.

    Como mi “armario portátil” pesa mucho y me toca cargar con él (norma básica del viajero, cada uno debe cargar SOLO con su propia maleta) siempre juro que NUNCA MÁS. Que para la próxima voy a llevar un trolley de esos pequeñajos que no hace falta facturar, con lo mínimo indispensable para sobrevivir.

    Pero no, nunca lo cumplo. Llevo ya años intentándolo pero nada, al final siempre caigo de nuevo en la tentación. Y maletón al canto.

    Pero hace poco, en un viaje reciente conocí por fin a alguien que me supera. Se llama Carla y ¡viaja con una maleta apodada “la nevera”, no sólo por sus dimensiones superlativas sino por su color, forma, textura y aspecto. Y lo mejor de todo es que Carla lleva ADEMÁS un trolley como equipaje de mano.

    Ya ven, siempre existe el PEOR TODAVÍA. Y eso a mí, al menos, me consuela mucho.


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    Los apagalunas de Malinas y el bar mas kitsch de Gante

    Escrito por: laviajeraempedernida | 23 de noviembre de 2008

    Y otra vez en casa tras una semana de ausencia.

    Lo mejor de aterrizar de nuevo en casa en dejar atrás la sensación de frío como el que pasé el último día en Malinas, otra ciudad flamenca donde acabó mi itinerario por tierras belgas.

    Diminuta y coqueta, hoy Malinas (Mechelen en flamenco) es una localidad que pasa desapercibida para los viajeros que cuando visitan este país suelen centrar su interés en Bruselas, Amberes, Brujas o Gante… pero Malinas, situada a sólo 25 kilómetros de la capital es buen lugar a donde escaparse un día.

    Pasear por sus calles llenas de joyas arquitectónicas es muy agradable (especialmente si el termómetro no baja de los quince grados). Llama la atención la cantidad de edificios históricos, hecho que se aclara cuando la guía me explica que durante la Edad Media, durante el Ducado de los Borgoña, Malinas fue nada más y nada menos que la capital de los Países Bajos.

    La historia de la ciudad rebosa anécdotas. Me cuenta la guía la historia de que una noche, un habitante de Malinas vio, al salir de una taberna donde había bebido alguna que otra cervecita de más, que la torre de la catedral estaba ardiendo. Inmediatamente dio la alarma. Y la campana empezó a sonar: ¡fuego, fuego!  Los vecinos de Malinas, raudos cogieron cubos de agua y subieron en cadena a la torre pero… ¡sorpresa. Al  llegar arriba descubrieron que el resplandor que tanto les había asustado no era más que el reflejo de la luna. Desde entonces se dice conoce a los vecinos de Malinas como los “apagalunas”.

    Me cuenta también la guía que en la Plaza Mayor (Grote Markt), hay un bar (el Dem Beer)  al que una vez llegó Carlos I de España y V de Alemania a pedir una cerveza (al parecer la cerveza de Malinas era su favorita). El emperador venía de dar un paseo por el campo y se había ensuciado bastante, con lo que al verlo la dueña del local le prohibió la entrada. Por suerte, alguien alertó a la mujer de que el cliente rechazado era el mismísimo emperador y esta, entonces, salió en su busca y le rogó que por favor, entrara en su taberna. Si quieres identificarla es fácil, tiene un oso esculpido en la puerta.

    Pero hablando de bares, no me resisto a describirles uno donde estuve tomando una copa el otro día en Gante. Esta capital flamenca es una de las más universitarias, meca de los Erasmus españoles y como no, famosa por su marcha. Yo lo pude comprobar en persona el pasado jueves (el día que más se sale).  Y la segunda copa cayó en un sitio de lo más kitch: el Pink Flamingo (Onderstraat, 55), un bar de lo más kitsch que he visto nunca, decorado con fotos de películas de Almodóvar, con las paredes empapeladas al estilo años 70 y con una lámpara hecha a base de muñecas barbies digna de ver. Curioso lugar donde empezar la noche. ¿Les gusta?

    pinkgante1.jpg


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    Categoría Gante, Malinas
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