El Dionika
Escrito por: laviajeraempedernida | 19 de marzo de 2009

Estoy en Edimburgo de nuevo tras cinco agotadores días viajando por Escocia. Mi plan ayer, al llegar, era descansar en el hotel, el Rutland, que por cierto, es céntrico, muy moderno y como ven en la foto, recomendable para aquellos a quienes les guste el diseño combinado con decorados góticos y colores fuertes.
Pero mi plan se fustró. La culpa la tuvo Plácido. Un estudiante gallego, de Fonsagrada (lugo), con quien quedé para charlar sobre la vida en Edimbugo. Mientras nos tomábamos una cerveza, Plácido me habló de un restaurante gallego donde se comía muy bien (habitualmente, los restaurantes españoles fuera de España son HORRIBLES, especialmente los famosos “tapas bar” donde debería estar prohibido comer).
La verdad es que cenar en un restaurante gallego no es el mejor plan que se podía ocurrir, pero Plácido me convenció cuando me dijo que el dueño, un señor de Vigo, era un personaje digno de conocer. Además, me pareció buena idea invitar a cenar a Diana, la guía que me acompañó estos días… tras tantos días oyéndome hablar de Galicia, pensé de deleitarla con un caldo y un visto de albariño podría ser una buena despedida.
Así que los tres pusimos rumbo al restaurante en cuestión, el Dionika, … que quedaba un poco lejos de mi hotel… pero lamentablemente, estaba cerrado. Aún no se por qué, ya que en el cartel de la puerta ponía que abrían todos los días. El caso es que me yo quedé sin conocer al famoso personaje de Vigo. Y Diana se quedó sin su caldo y sin su albariño.
Al final acabamos cenando una hamburguesa (riquísima por cierto) en un bar cercano y aunque el objetivo inicial no se cumplio, dimos un agradable paseo y lo pasamos muy bien.
Durante el paseo, pasamos ante la Bute House, la residencia oficial del Primer Ministro escocés, el independentista Alex Salmond, ubicada en Charlotte Square (en la parte señorial y de arquitectura georgiana de la ciudad). Y nos llamó la atención la ausencia de vigilancia en la puerta. Nos quedamos un buen rato charlando ante la casa y nada, aparentemente ni pizca de vigilancia.
Curioso. Y curiosos los escoceses, gente muy amigable, siempre dispuesta a echar una mano al extranjero perdido, y al menos en lo que a mi experiencia respecta, fáciles y encantadores. Al final, Plácido, Diana y yo nos lo pasamos muy bien deambulando por las calles oscuras de Edimburgo. Estuvo muy bien. Eso sí, si vuelvo a esta ciudad intentaré ir de nuevo al restaurante gallego.
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