Las horas previas a un nuevo viaje

Ya estoy otra vez con el lío de las maletas y del tiempo.

Aprovechando las últimas horas anteriores a una partida en las que la cantidad de cosas que hay que hacer se agolpan. Es lo de siempre, hay que dejar la nevera llena para ocho días, todos los trabajos adelantados… asegurarme que durante mi ausencia no caduca el pago de ningún recibo, ni el plazo para presentar la declaración de la renta, comprobar que para la próxima semana no tengo ninguna reunión prevista, ninguna cita con el médico, con el pediatra, con el dentista… Confirmar que todo queda en orden para las niñas y para todos los que habitan en esta casa de locos donde me toca vivir cuando no viajo…

Eso en casa. Y luego el horror de la maleta. Aunque me marcho a un país donde en teoría en esta época del año debería hacer buen tiempo, compruebo con horror que las previsiones del tiempo son de lluvia. Así que ya empezamos, el cuento de siempre: ropa de lluvia por si llueve, ropa de calor por si al final lo de la lluvia es un error de los meteorólogos y sale el sol, como debería. Ropa de abrigo por si por las noches refresca… algo para ir mona a las cenas, algo de trote para el día a día… zapatos, zapatillas, botas… neceser (con peine, obligatorio, con peine que siempre se me olvida), medicamentos (antigripales por si la influenza esa que me acecha desde que llegué de México me sorprende) antidiarreicos, antiestamínicos, antinflamatorios, antimosquitos….) arggg.

Y luego las herramientas de trabajo: cámaras, objetivos, cargadores, tarjetas, ordenador, pilas, IPOD, libreta, blackberry… dios mío, creo que estoy tocando fondo. Este ritual organizativo cada vez se me hace más cuesta arriba. Me pasa siempre. A principios de temporada, la primera maleta me sabe a gloria. Pero después de pasarme varios meses pululando por el mundo, el ritual de la partida me supera.

Por suerte se que esa sensación de pereza previa a un viaje me dura sólo unas horas. Mañana, cuando ya esté paseando por otro país, sin la presión de tener dos mil cosas en la cabeza, todo cambiará. Mañana, seguro, me sentiré más relajada a pesar del agotamiento de las horas (no muchas, menos mal) de avión, y del madrugón y de los pequeños inconvenientes organizativos.

Por tanto, me despido una vez más en España. Y mañana les saludaré, si Iberia y dios quieren, desde un país cercano desde el punto de vista geográfico y cultural pero aún lejano en lo que a conexiones aéreas se refiere. Un destino donde, como dije antes, en estas fechas debería de hacer ya calorcito.


Donde pienso disfrutar del mar. Donde “hola” se dice “Bok” y gracias “Hvala”. Para ser más exactos, voy a pasar unos días en la misma localidad donde veraneaban los miembros de la casa real de Habsburgo. Y pienso tomarme un chupito de licor Maraschino. Y una tapita de kulen… y trufas blancas. ¿Qué, saben ya hacia donde me dirijo esta vez?

La solución, mañana, insisto, si dios e Iberia quieren.

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Un pensamiento sobre “Las horas previas a un nuevo viaje”

  1. Grecia?
    Aunque los saludos
    no parecen griegos. Y el licor suena a italiano. A lo mejor vas al sur de Italia. Que suerte. Sea donde sea suena a mediterraneo no?

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