Moscú: un viaje del comunismo al capitalismo

En 2011 la catedral de San Basilio de Moscú cumplió 450 años. Mi viaje por Suiza no me permitó hacer un particular homenaje a este templo ortodoxo, de belleza discutible – ¿a ti que te parece, una obra colorista con un toque kitch o un ejemplo vivo de lo que significa la palabra “horterada”?  Su efeméride tuvo una gran difusión hasta el punto que hasta Google le dedicó su cabecera.

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La Viajera Empedernida ante la catedral de San Basilio, en Moscú

Sin embargo, justo estos días se ha celebrado otro aniversario que ha pasado muy desapercibido. El mes pasado, para ser más exactos, tuvo lugar el veinte cumpleaños de la celebración las primeras elecciones directas de la historia de Rusia. El ganador, el demócrata Boris Yeltsin, selló entonces la muerte definitiva del por aquel entonces ya agonizante Imperio soviético. Fue exactamente un 12 de junio de 1991, por eso, los rusos celebran en esa fecha el Día de Rusia.

Han pasado veinte años y Moscú sigue siendo una ciudad única, peculiar y en mi opinión, fascinante. Una lección de historia viva a la que todavía no tienen acceso muchos turistas pues los visados para entrar a el país todavía se tramitan con cuenta gotas. Y es una pena porque realmente Moscú es una de esas ciudades que merece la pena visitar: caótica, llena de contrastes. Única, distinta a todas sus vecinas europeas y a las cercanas capitales asiáticas. Moscú es diferente.

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Em Moscú circulan mas de tres millones de vehículos

Antes de entrar en materia, unos datos que ayuden a comprender los superlativos que envuelven a esta ciudad. Moscú, con casi mil kilómetros cuadrados de extensión acoge a unos dieciséis millones de habitantes censados. Cifra que se dispararía si se tuviese en cuenta a la gente llegada de otras regiones de la Federación Rusa. Y a los ile­gales. Rusia es el segundo país que más emigrantes recibe del mundo, (solo le gana EE.UU.) y según del servicio federal de emi­gración esconde alrededor de doce millones de sin papeles que sueñan con vivir y trabajar en Moscú. Pero para lograrlo hace falta un permiso especial, algo así como un pasaporte para moscovi­tas. Conseguirlo es difícil. Y así, mientras Rusia se derrumba demográficamente mes a mes, Moscú crece día a día.

Pero ¿por qué quiere la gente vivir en Moscú si, según es una de las ciudades más caras de mundo (le ganan Seúl y Tokio), corrupta? Porque Moscú es inhumana, altiva, absurda, pero está viva, algo que no ocurre en el resto del inmenso país, rebosante de zonas rurales desaprovechadas y parajes impro­ductivos e inhabitables. Así, desde el punto de vista laboral, Moscú, donde se asientan la mayor parte de las empresas, es un vergel en un desierto.

Un lugar soñado donde la gente tiene oportunidades ine­xistentes en otras zonas de Rusia. Donde emigrantes, en su mayoría procedentes de Uzbekistán, Ucra­nia, Moldavia, Armenia… pueden encontrar trabajos como porteros, choferes, albañiles, labores que los moscovitas desprecian. Y donde residen muchas de las fortunas más grandes del mundo además de cientos de nue­vos ricos que han ganado sumas desmesuradas gracias a la difícil y caótica transición entre el modelo comunista y el capitalista.

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Tienda de Gucci en una calle de Moscú

¡Ojo!, esto no significa que esta sea una ciudad fácil. Al contrario. En Moscú reina un ambiente casi bé­lico. Los conductores luchan para sobrevivir en el tráfico caótico. Las herencias del pasado soviéti­co chocan contra lo nuevo, contra los símbolos de Occidente ya bien implantados entre la sociedad. Los de casa pelean contra los de fuera. La tensión flota en el aire por te­mor a las amenazas, a los incendios «fortuitos», a las multas, a la buro­cracia imposible, a los impuestos desmesurados. Y la desesperación late ante un sistema sanitario muy deficiente y unos derechos sociales irrisorios. Pero da igual. Es así. Los rusos están acostumbrados a las dificultades y a la inestabilidad.

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Fachada de los almacenes GUM, en la Plaza Roja

Los anacronismos se repiten por doquier. Frente al mausoleo donde descansa el cuerpo momificado de Lenin, en la plaza Roja (hablaré de esto en los próximos días), los rusos adinera­dos exprimen la Visa Platino en los carísimos almacenes Gum (donde los precios, dice un chiste local, pa­recen números de teléfono).

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Interior de los grandes almacenes GUM de Moscú

También la estética de las mos­covitas choca ante los foráneos. El perfil se repite: rubias con tacona­zos, bolso cual maleta con la marca en letras bien legibles, gafas de sol gigantes y de marca, vaqueros de los que cortan la circulación y ¡muy malos modales!

Pero no todos son iguales. También hay nostálgicos que sueñan con los buenos tiempos de la URSS. De lo que no cabe duda es de que la transición entre el control total de la Unión Soviética y el capitalismo pasa por la incertidumbre actual, en la que la gente siente que ha perdido las ventajas del socialismo, pero aún ignora los parabienes del sistema capitalista. El futuro dirá.

Y si te interesa este país, atento a los próximos posts en los que recorreré Moscú y alguna otra ciudad rusa. ¡No te pierdas este nuevo viaje que está a punto de empezar!

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Un coche con las viajas siglas de la URSS, CCCP, en su matrícula

2 pensamientos sobre “Moscú: un viaje del comunismo al capitalismo”

  1. qUE PASADAAAA!:D
    es uno de mis sitios apuntados a los que quiero viajar!
    es precioso!:)

    por cierto has tenido problemas con el idioma?? me han dicho que ese es uno de los fallos…jeje

    UN BESAZO

  2. ¿Hablarás de Chernobil? y de cómo en Galicia se ayuda a sus niños a aumentar su esperanza de vida. En un país tan grande hay tantas cosas por descubrir.
    Yo me quedo con su cultura. Moscú vibra y la clase creativa crece.

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