Peregrina en Noruega: para disfrutar de la naturaleza

Aquí estoy descansando tras pasar la primera jornada como peregrina en el camino de San Olav, en Noruega, en el albergue de peregrinos de Granavollen.

Albergue de peregrinos Granavolden Gjaestgiveri

Encantada si no tengo en cuenta el percance del día.  Llevaba sólo media hora caminando cuando mis zapatos hicieron CRACK.  Se partió la suela. Probablemente porque llevaban mucho descansando en el zapatero de mi casa porque, sí, tengo que reconocerlo. En los últimos años he usado más los tacones que las chirucas de montaña. ¿La razón? Porque lamentablemente no me llueven los encargos de temas de aventura y turismo activo. Siempre me llaman más para hacer temas de tiendas cool, exposiciones modernas y hoteles de diseño. La actualidad vende más.

Pero esta vez ha habido suerte y por fin me ha caído un encargo con un matiz un pelín más aventurero.  Y aquí estoy, ataviada de peregrina y disfrutando a tope del paisaje y la naturaleza Noruega. Concretamente en la región de Hadelan, antaño habitada por vikingos. A 533 kilómetros de mi meta en Trondheim (Nidaros).

Marca de piedra de la distancia de la ruta en Granavollen

Empiezo aquí pero en realidad el camino de San Olav, que abarca cinco regiones, empieza en Oslo. Pero la pequeña localidad de Granavollen, de donde partí esta mañana, es la más recomendable para empezar porque a partir de aquí, según me cuentan los guías que nos acompañan, empieza el paisaje mas bonito. Y doy fe de que lo que me rodea es realmente hermoso. Especialmente en esta época del año ya que toda esta región es agrícola por excelencia, la llaman la Toscana Noruega, y justo ahora están en plena recolección. Lo que significa que los colores del campo se entremezclan con la sinfonía de tonos del otoño que ya asoma. Y combinan de cine con las suaves colinas y el azul intenso del randsfjorden, el sefundo lago mas grande de Noruega. Y el resultado es digno de la postal más bella.

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Y lo mejor es que como vamos caminando, podemos disfrutar del paisaje mucho más. Pararnos un rato a descansar en un rincón que nos seduzca. Conversar mientras avanzamos. Y disfrutar de la filosofía del peregrinaje: o sea, caminar despacio, tranquilos y disfrutando de la exuberante naturaleza noruega.

Sí. Es en eso en lo que mas nos insisten nuestros acompañantes locales. A lo largo de los 640 kilómetros de camino hay iglesias muy antiguas (algunas del siglo XII), restos arqueológicos, museos varios… pero el verdadero atractivo de este peregrinaje es el disfrute de la naturaleza, por encima de la cultura y de la fe. Una naturaleza impecable, virgen, a la que los noruegos veneran y respetan como a un dios. Sí, sin duda la naturaleza es la religión de los habitantes de este país.

Pero esto no ha hecho más que empezar y me queda aún mucho camino por delante. Antes de despedirme sólo un apunte of the record. Como contaba al principio, mis zapatos se rompieron nada más empezar a caminar con lo que no me quedó más remedio que entrar en el primer supermercado que encontré a ver si tenían un calzado que sustituyera a las ya caducas chirucas. Pero no tuve suerte. En ese súper no vendían calzado de montaña pero ¡atentos! Descubrí unas botas catiuscas súper fashion, al estilo Hunter pero más originales, que me rondan en la cabeza desde entonces.

Sí, vale, Noruega es un paraíso natural pero ¡ojo! el diseño nórdico también merece un gran respeto. Mis compañeros estaban esperando y me dio palo hacerles perder tiempo por un arrebato consumista. Pero prometo estar pendiente y si vuelvo a encontrar un supermercado de esa cadena en el camino pienso parar a probármelas y comprármelas. Y estoy segura de que si lo logro, a la vuelta más de un amigo me va a preguntar que de dónde saque un tesoro como ese. Voy a crear tendencia, estoy segura.

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