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  • El perrito japonés

    Escrito por: laviajeraempedernida | 6 de octubre de 2009

    Al viajar y charlar con otras personas no solo se aprende mucho sobre el destino en el que nos encontramos. A veces, las experiencias personales de otros nos enseñan cosas sobre países que nunca hemos pisado.

    Eso fue lo que me pasó a mi la semana pasada en Oporto. Tuve la suerte de contar con una guía excepcional, Carolina. Ambas conectamos desde el primer momento. Con ella, la visita a Oporto fue muy placentera y didáctica ya que me enseñó muchas de esas “perlas” que los periodistas especializados en viajes buscamos en todos nuestros destinos, esas direcciones que no salen en las guías, esos lugares por donde nunca pasan turistas y que solo los locales conocen.

    Durante los tres días que pasamos juntas hablamos de muchas cosas: de Oporto, por supuesto, de Portugal, de Galicia, de España, de la vida, de los hijos (Carolina tiene tres hijos como yo, quizá por eso conectamos tanto) de cómo era la vida en uno y otro país… Y entre charla y charla, Carolina me contó una historia que me quedó grabada.

    Tenía ella 8 años y se fue con sus padres a un viaje a Tokio. Su padre tenía trabajo allí y aprovechó la ocasión para llevarse a toda la familia. Una tarde, paseando por un mercado Carolina vio un puesto donde vendían perros. Y se encariñó con un cachorrito que asomaba el hocico en una caja de cartón. Tanto le gustó el animal que empezó a darle la lata a su padre: “papa, quiero el perro, papá, cómprame ese perrito. Papá, quiero llevarme ese cachorrito a Portugal….”.

    Quien tenga hijos, seguro sabe cuan pesado puede llegar a ser un niño cuando se encapricha con algo. Y Carolina insistió tanto que finalmente, el día antes de volver a Portugal, su padre cedió y se la llevó al mercado para comprar el deseado perro.

    Carolina llego feliz ante el puesto de animales y allí estaba el cachorrito, mirándola. “¡Quiero este!”, señaló. La dueña del puestecillo, cogió el animal y se lo llevó dentro. Carolina esperaba impaciente para poder acariciar a su nueva mascota cuando de repente, la señora apareció de nuevo y le dio a la niña una bolsa. Sí. ¿Una bolsa?. Sí. Una bolsa de plástico en cuyo interior estaba ¡el perrito cortado a trocitos!. Listo para echar en la cazuela.

    Carolina, al comprender lo que había pasado se puso a llorar desconsoladamente. Y su padre, atónito, pagó su compra y dejó en el puesto la bolsa con los restos del animalito aún calientes.

    La cara de Carolina mientras me contaba la historia era aún de angustia. Me confesó que aquella fue una de las mayores decepciones de su vida. Y que nunca más volvió a Japón, ni tiene ganas de volver a pisar ese país. No lo puede evitar.

    Es curioso. Una anécdota sobre Japón de la que me he enterado en un viaje a Portugal. Historias y experiencias que se cruzan. Como la vida misma. ¡Me encanta!.


    © Fotografías con copyright. Prohibida su uso o reproducción

    Categoría Japón
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    Encuentro casual en Birmania

    Escrito por: laviajeraempedernida | 27 de julio de 2009

    Tengo varios amigos que en estas fechas ya disfrutan de las soñadas vacaciones. Y estos días hay una pregunta típica que sale en todas las conversaciones. ¿Qué vais hacer este verano? ¿Os vais a algún sitio? La respuesta casi siempre es positiva.

     Algunos, como comenté en el post anterior huyen de Galicia en busca del añorado sol y de un mar cálido, hartos de llevar siempre encima un chubasquero y salir con la piel morada, literalmente, del agua por la gélida temperatura de nuestros mares.

    Y otros tantos escapan de la rutina, conscientes de que la única forma de desconectar de verdad y olvidarse del trabajo es yéndose lo más lejos posible. Donde sea fácil enfrentarse al síndrome de abstinencia laboral. Donde, a ser posible, la blackberry no funcione. Y donde no haya posibilidad alguna de encontrarse con ningún compañero de la oficina, ni con ningún cliente, ni con tú jefe. Donde nuestras caras y apellidos sean completamente desconocidos, anónimos, y donde nadie sepa si eres el primo de menganita o el ex novio de fulanita.

    Aún así, a veces eso falla. ¿Quién no se ha largado a la otra punto del mundo con la intención de no ver a nadie conocido durante una temporada y se ha encontrado, de repente, con su vecino, sí, justo con ese al que más deseaba perder de vista?

    A mi me ha pasado alguna vez, pero siempre hay una anécdota que cuento como ejemplo de que, aún en el fin del mundo, hay que andarse con ojo.

    Llevábamos dos días en Birmania (hoy Myamnar) y mi acompañante y yo, en un intento de mimetizarnos con el ambiente, decidimos ponernos unos longhis, una especie de falda con la que se visten los birmanos. Recuerdo que volábamos casi solos en un avión pequeño, de los de hélice, de Yangoon, la capital , a Mandalay.

    El avión, de repente aterrizó en un aeropuerto pequeño, en un pueblo perdido, para coger a unos pasajeros que estaban allí de escala. ¡Cual fue nuestra sorpresa al ver como empiezan a subir por la escalerilla un grupo de personas de las cuales, la mitad llevaban la camiseta del Barça!. Sí, era un grupo de más de 30 catalanes, hablando y riendo a todo volumen y , se lo juro, al sentarse en el avión empezaron a cantar el himno de su equipo de fútbol. Fue surrealista, pero prometo que fue cierto.

    Al salir del avión, mientras esperábamos las maletas, uno del grupo de catalanes nos miró a mi y a mi compañero y le dijo a gritos su colega: “mira que están ridículos estos birmanos con esas falditas…”. El tipo en cuestión ignoraba por completo que esos “ridículos” a los que se refería en realidad eran “paisanos” suyos… Nosotros no abrimos la boca, para que nos identificaran como españolitos aunque si el tipo hubiese sido un poco observador creo nuestro físico nos delataba, sobre todo el mío… Mi duda era saber quién estaba más “ridículo” de los dos: nosotros con nuestros longuis, que vale, no dejaban de ser un disfraz, o ellos con sus camisetas del Barça en un país tan lejano del Camp Nou.

    No volvimos a ponernos un longui en todo el viaje. Pero tampoco coincidimos con más españoles durante los más de quince días que pasamos en Birmania. ¿Es la ley de Murphy, no?


    © Fotografías con copyright. Prohibida su uso o reproducción

    Categoría Birmania
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    Mezcla de recuerdos sobre Tallinn

    Escrito por: laviajeraempedernida | 5 de julio de 2009

    Lo he dicho muchas veces y lamento ser repetitiva, pero es que lo importante de un viaje no es el destino en si mismo, sino el poso que el lugar en cuestión deja en uno mismo. Y ese poso depende de las experiencias.

    Sigo en Tallinn y si, por supuesto, me ha encantado su toque medieval, sus calles adoquinadas, sus casas de mercaderes y su esencia soviética. Pero cuando en un futuro piense en esta ciudad recordaré la cara de alucine de Óscar al ver como la camarera escanciaba un chupito de vodka ante sus ojos en el restaurante ruso Troika, situado en la bella plaza Raekoya. Y la expresión de susto de Isabel al ver como el camarero descuartizaba un lechazo ante sus ojos.

    Me reiré, seguro, al recordar a Guillermo imitando al DJ de la discoteca Inferno. O al pensar en Gloria frenando a un tranvía con la mano para sacar una foto a media noche.

    A partir de hoy, al pensar en Tallinn me vendrá la cara, siempre sonriente, de Katrin, nuestra guía, a la cabeza. O la expresión siempre seria de José Luis. O la conversación de Maru, llena de anécdotas. Y los manteles de lino típicos que se compró Matilde. Y los estornudos de Bárbara, desesperada por un ataque de alergia a causa de la flor del eneldo que en Estonia florece en esta época del año.

    Al pensar en Tallinn, estos recuerdos personales se mezclaran con la silueta de la esbelta muralla y el estilismo de las puntas de las cinco agujas góticas que dan forma al skyline de la ciudad antigua, con el sabor del kali (bebida típica con sabor parecido al regaliz) y con el sonido de las canciones del festival de canto. Y todos juntos, vivencias e imágenes se mezclaran para dejar una muesca en mi cerebro para siempre.

    Sin duda, Tallinn sin la compañía de Oscar, Isabel, Bárbara, Gloria, Guillermo, Maru, Matilde, José Luis y Katrin, mis companeros en esta nueva aventura, no hubiera sido lo mismo.


    © Fotografías con copyright. Prohibida su uso o reproducción

    Categoría Estonia
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